Mi madre nunca dijo “Eres guapa”, pero sus pendientes sí.
Los llevaba todos los días: mientras me hacía las trenzas, me acompañaba al colegio o esperaba fuera bajo la lluvia.
En su cumpleaños, le regalé un par nuevo: unos delicados aros de oro, como los suyos, solo que más brillantes.
Sonrió, se quitó los viejos y se puso los míos sin decir una palabra.
Así es como dijo “Te has convertido en una mujer.”
